La provocación y el minuto mediático como excusas para la violencia

Ayer se vivió un capítulo más en el enloquecimiento y la esquizofrencia generalizados que vivimos en esta sociedad. Una sociedad en la que muchos se declaran “pacifistas” y van o han ido con logos del “no a la guerra” del que está lejos, pero que no dudan en abrir la cabeza a los del 5º A si no piensan igual.

No, no es cuestión de equidistancia: todos sabemos que sólo tienen esa justificación los de un lado, mientras que a los del otro, si son violentos o si tienen ideas genocidas no los apoya nadie o tienen un apoyo muy residual, que sería lo deseable en todos los casos. Sólo hay que ver la distinta postura de Podemos ante el ataque a su sede en Cartagena (nadie podía siquiera dudar de su autoría, había que condenarlo sin paliativos), mientras que en el de ayer han llamado pijos que van a provocar, racistas, xenófobos y lgtbifóbos y que perseguían su minuto de gloria en Vallecas a los que recibieron las pedradas.

La justificación de la violencia en una sociedad tan feminista, transversal, pacifista y encantada de haberse conocido no es sino la manifiesta incapacidad de enfrentar con argumentos válidos a aquellos a quienes simplemente se insulta. Hemos pasado de considerar fascista a sólo a aquellos que lo eran de verdad y que a día de hoy son muy reducidos en esta sociedad porque la inmensa mayoría de la derecha sociológica ya no es que no quiera ser fascista, es que pide perdón por ser de derechas; a que politólogos y periodistas (¡qué lacras!) consideren fascistas a todos aquellos que, por ideología, jamás estaremos a la izquierda de Pablo Iglesias.

No, señores, esto no es porque Vox tal y cual: esa misma izquierda que considera normal pegar pedradas a quienes no piensan igual (el miedo en vez del racionalismo para ¿convencer?), llevan llamando fascistas primero al PP, luego a Ciudadanos y ahora a Vox y a los anteriores, si no se pliegan a sus “ideas” desde hace muchos años, con el apoyo y la aquiescencia de hipócritas y pelotas como Pedro Sánchez, José Luis Rodríguez Zapatero y adláteres. Algunos nos acordamos de aquella conversación entre Zetapé, el inútil más perverso de toda la democracia (con permiso de Vacunator I, esposo de Begoña), y ese otro ente del periodismo más rastrero y más hipócrita que es Iñaki Gabilondo, en el que aquél le decía, ante las siguientes elecciones generales (2008) que necesitaban que hubiera tensión, sin preocuparles si eso era bueno o malo para los ciudadanos. Se veía su “talante” y también que nunca necesitó aclarar si era bueno o malo porque era peor aún.

Resulta irónico que esa misma izquierda que pide que podamos todas volver a casa solas y borrachas (como si eso no llevara pasando años… los abstemios lo hemos podido constatar) y que critique a los fiscales cuando hacen su trabajo, sin embargo considere que es suficiente con decir “fascista“, “vienen a provocar“, “son unos pijos“, etc. para considerar justificada la violencia contra el diferente. Resulta incluso sorprendente que ellos, tan cuidadosos con otras etnias (eso sí, siempre que les voten o vivan muy lejos, cuanto más mejor), no vean que ellos son mucho más clasistas que muchos pijos de esos a los que critican. Ese vídeo de Pablo Iglesias en el que dice que se enfrentó a lumpenes de clase muy inferior a la suya, es, no sólo vergonzoso para alguien que se autoproclama “el representante de la gente“, sino muy indicativo de la esquizofrencia política que vive gran parte de la izquierda española.

Porque no sólo Podemos o Más Madrid (con Errejón o “Chávez vive, la lucha sigue”) están en esta esquizofrenia. El partido socialista es mucho más responsable de todo lo que ocurre que otros partidos de menos importancia, gracias a la incapacidad para articular cualquier discurso coherente de izquierdas que tiene hoy el socialismo “moderado” o el “centro izquierda“. Así, vemos al PSOE de Madrid apoyar lo de que un partido político legal (¿nadie entiende que si hubiera la más mínima posibilidad no lo hubieran ilegalizado ya?) no puede ir a un barrio a dar un mítin. O lo que es lo mismo: si vas a un barrio de “pobres” (donde, no nos olvidemos, Pablo Iglesias y sra. no podían desarrollar un “proyecto familiar“, como sí pueden hacer en un chalet de lujo en Galapagar), están “invadiendo mi territorio“, en la peor copia de las “no-go zones” islámicas en otras partes del continente (ejemplo: Molenbeek). ¿De verdad, esto es “moderado“? ¿De verdad, esto es ser serio y formal, como pregona Ángel aka Cromañón Gabilondo que es tan hipócrita como su hermano el del viaje a Menorca, saltándose las restricciones por el coronavirus?

Si Vox realmente quería un minuto mediático, no lo ha conseguido por sí mismo, si no por todos los violentos que han ido a que su mítin salga en todas las televisiones y pueda comprobarse quién es el violento. Obviamente, televisiones a las que les parece muy bien que el CIS manipule la encuesta electoral para que “la izquierda se movilice” porque “hay partido“, no van a ofrecer una perspectiva neutral. Pero ya lo decía Oscar Wilde, que hablen de mí aunque sea mal.

Pero yo sigo pensando en lo que dijo Pablo Iglesias: “la derecha no volverá a gobernar en España”. No hay que olvidar que ha estado en la Comisión del CNI hasta hace dos días y ha dejado allí a su “heredera” Yolanda Díaz, la ministra de Trabajo que no sabe lo que es un ERTE. NO hay nada peor que un sediento de poder pero vago de siete suelas con información secreta.

Por cierto, que si alguien ha revelado la falta de plan político del “centro derecha“, es sin duda Ciudadanos. Aguado se ha situado en el centro centrado con una maravillosa equidistancia entre apedreadores y apedreados (tardó una hora en intentar arreglarlo); Inés Arrimadas ni siquiera ha mencionado a Vox, no vaya a ser que se contamine o algo (y Vacunator I se enfade mucho) y Edmundo Bal, otrora Abogado del Estado y ahora inquisidor general del centro centrado (tiene hasta el físico para ello), ha hecho exactamente lo mismo.

Ahora bien, no parecen darse cuenta, siendo benévolos o irónicos, de que para toda acción, hay una reacción. En su pulsión violenta (según ellos, revolucionaria) o en la equidistancia no vaya a ser que se salpiquen de “cristoneofascismo” o de “anarcoliberalismo” o de cualquier otra chorrada que se inventen en Público o en Lo País, ni siquiera consideran que aquellos a quienes insultan son mucho más moderados que ellos, porque, de acuerdo con la “cultura de la cancelación” que se extiende cada vez más, no hay que discutir: sólo hay que “cancelar” civilmente a aquel que no piensa igual, en una suerte de la muerte civil del Derecho Romano sólo que 15 siglos después (más o menos) de la caída del Imperio por estos lares. Las sociedades supuestamente avanzadas tienen tintes cada vez más totalitarios y vergonzantes que el COVID no ha hecho sino subrayar y, desgraciadamente, no está limitada en el espacio. En 50 años se criticará todo lo que está pasando, pero ahora mismo, hay que gente que justifica cualquier barbaridad, sólo porque no está de acuerdo o puede verse “ofendida” por ideas que manifiestamente está incapacitada para contrarrestar. De ahí que o bien llamen “fascistas” a los que no piensen igual o achaquen a querer un minuto de gloria la actividad normal de un partido político en elecciones.

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